martes, 21 de julio de 2009

Parecen otras mis manos




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Parecen otras mis manos. Sin embargo son las mismas: aquéllas pequeñitas que recuerdan el calor de las de la abuela, las que descubrían las formas de la vida y los colores a través de los trazos del crayón. Las que me evitaron muchos golpes, las que aprendieron de abrazos con adioses y bienvenidas. Las mismas que moldeaban plasticina y escondían la piedra para ver a quién le tocaba contar al jugar a la escondida. Las que se extendieron en la autoplacenteracaricia hasta sucumbir en la fiereza del orgasmo; las que palparon y reconocieron al hombre, descubriendo, aprendiendo y enseñando de amores, pasiones y deseo. Las que recorrieron los cuerpitos tibios que afloraron de mi vientre entre berridos; las que no conocen las cuentas de un rosario, pero se meten en la masa y saben sostener la sartén por el mango. Las que indican, cantan victoria o muestran displicente el dedo medio puteando. Las que tocan, rompen, arrancan, tantean, limpian, sudan, inquieren, acarician, sostienen, acunan, desean, consuelan, resisten, seducen, provocan, piden, calman, hablan o callan… y se extienden para tomar todas las manos.




Patricia Ortiz

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